Enseñar a mirar: la arquitectura comienza mucho antes del primer plano

Por: Arq. Eliseo Berríos Rosado, M.Arch., AIA

· AIA,Leadership,Mentorship

Hay una pregunta que me ha acompañado desde que comencé a enseñar arquitectura y diseño: ¿en qué momento nace realmente un arquitecto?

No creo que ocurra el primer día de universidad. Tampoco cuando alguien aprende a dibujar un plano o domina un programa de modelado tridimensional. Sospecho que comienza mucho antes, cuando una persona descubre que el mundo construido es inevitable. Que una plaza pudo haber sido distinta. Que una escuela puede inspirar curiosidad o apagarla. Que una ventana no solo ilumina un espacio: también enmarca una manera de mirar el paisaje.

La arquitectura comienza cuando aprendemos a observar.

En Puerto Rico hablamos con frecuencia sobre la necesidad de formar más profesionales, fortalecer nuestras instituciones y preparar una nueva generación capaz de responder a los enormes desafíos que enfrentan nuestras ciudades y comunidades. Sin embargo, rara vez nos detenemos a pensar cuándo empieza realmente ese proceso. Esperamos que los estudiantes lleguen a las escuelas de arquitectura, cuando quizás nuestra responsabilidad comienza mucho antes.

Muchos niños y jóvenes nunca han conocido a un arquitecto. No porque la profesión les resulte lejana, sino porque simplemente nunca ha aparecido en su horizonte. Crecen rodeados de edificios, calles, parques y viviendas sin saber que existen personas dedicadas a imaginar esos espacios, a pensar cómo influyen en nuestra vida cotidiana y a preguntarse constantemente cómo podrían ser mejores.

Esa ausencia representa una oportunidad.

Por esa razón, uno de los proyectos que más ilusión me ha generado en los últimos años no nace de un edificio, sino de una conversación sobre educación. Design Pathways: Mentorship, Education, and the Next Generation surge de una convicción sencilla: la arquitectura también puede enseñarse como una herramienta para comprender el mundo, despertar la creatividad y fortalecer el pensamiento crítico desde edades tempranas. El programa fue seleccionado para recibir uno de los 2026 AIA College of Fellows Component Grants, una iniciativa competitiva del American Institute of Architects destinada a proyectos con potencial de generar un impacto significativo y servir como modelo para otros capítulos del American Institute of Architects (AIA).

Lo verdaderamente importante de este reconocimiento no es la subvención en sí. Lo significativo es el mensaje que transmite. Entre capítulos de todo Estados Unidos, el AIA reconoció una iniciativa concebida desde Puerto Rico para acercar la arquitectura a estudiantes del sistema público mediante talleres diferenciados para escuelas elementales y superiores, así como programas de desarrollo profesional dirigidos a docentes. La mentoría se convierte en el hilo conductor que conecta a arquitectos, educadores y estudiantes alrededor de una misma idea: el diseño puede ser una herramienta para transformar comunidades y ampliar oportunidades.

Como arquitecto y profesor universitario, he comprobado que enseñar arquitectura nunca ha consistido únicamente en explicar sistemas constructivos o principios de composición. Enseñar significa, sobre todo, despertar una forma distinta de observar. Cuando un estudiante descubre que la orientación de una vivienda responde al recorrido del sol, que una plaza favorece el encuentro entre desconocidos o que un árbol puede convertirse en parte esencial de un proyecto, comienza a comprender que el diseño no trata únicamente de edificios. Trata de personas.

Esa misma idea también dio sentido a otro reconocimiento que recibí este año: la invitación para formar parte del 2026 AIA International Global Mentorship Program como mentor. Más que una distinción individual, la entendí como una oportunidad para devolver parte de lo que tantos colegas compartieron conmigo a lo largo de mi trayectoria. Ningún arquitecto se forma en soledad. Nuestra profesión avanza gracias a una cadena continua de conversaciones, ejemplos, críticas generosas y experiencias compartidas entre generaciones.

La mentoría suele imaginarse como un camino en una sola dirección, donde quien tiene más experiencia transmite conocimiento a quien comienza. Mi experiencia ha sido distinta. Cada estudiante, cada arquitecto emergente y cada conversación con colegas jóvenes me ha obligado a replantear certezas, cuestionar hábitos y mirar nuevamente aquello que creía comprender. La enseñanza auténtica nunca consiste únicamente en hablar; exige aprender a escuchar.

Quizás esa sea una de las mayores fortalezas de la arquitectura puertorriqueña contemporánea. Pese a nuestras limitaciones económicas, los efectos del cambio climático y la constante transformación social de la isla, seguimos construyendo una comunidad profesional profundamente generosa. Compartimos conocimiento, colaboramos entre disciplinas y entendemos que el crecimiento colectivo fortalece mucho más que el éxito individual.

En ese sentido, Design Pathways y el programa internacional de mentoría hablan, en realidad, de una misma aspiración. Ambos parten de la idea de que el futuro de la arquitectura no depende únicamente de los proyectos que construimos hoy, sino también de las personas que ayudamos a formar para diseñar el mañana. Las ciudades que soñamos dentro de treinta años comenzarán a imaginarse en la curiosidad de un niño que descubre por primera vez cómo la luz atraviesa un bloque ornamental, en una estudiante que comprende que el diseño puede mejorar la vida de su comunidad o en un joven arquitecto que encuentra en un mentor la confianza para desarrollar su propia voz.

Mirar hacia el futuro también implica reconocer el valor de nuestro propio territorio. Puerto Rico no necesita esperar que las respuestas lleguen desde otros lugares. Nuestra historia, nuestro clima, nuestra cultura constructiva y nuestra manera de habitar el Caribe constituyen una fuente inagotable de conocimiento. Cuando enseñamos arquitectura desde aquí, no estamos preparando profesionales para repetir modelos ajenos; estamos formando personas capaces de dialogar con el mundo desde una identidad propia.

En ALMATERIA creemos que diseñar también es educar. Cada proyecto, cada conversación y cada espacio construido puede despertar una nueva manera de observar el entorno. Porque la arquitectura comienza mucho antes del primer plano: comienza cuando alguien descubre que el mundo puede imaginarse de otra forma. Y esa imaginación, cuando nace con propósito, tiene el poder de transformar comunidades, fortalecer generaciones y proyectar desde Puerto Rico una arquitectura profundamente arraigada en la materia, el territorio y la responsabilidad compartida.