La arquitectura puertorriqueña, y por extensión la arquitectura antillana y caribeña, ha estado demasiado tiempo fuera de los centros de decisión y de la visibilidad global. Pero eso no significa que haya estado en silencio. Al contrario: ha seguido diseñando, construyendo, cuidando. Ha seguido imaginando futuros posibles desde condiciones muchas veces marcadas por la precariedad, el riesgo y la urgencia.
Durante este año de trabajo al frente del capítulo puertorriqueño del American Institute of Architects en Puerto Rico (AIAPR), he tenido el privilegio de conectar esas voces: de articular puentes entre lo local y lo global, de amplificar prácticas que, aun con recursos limitados, están proponiendo formas radicalmente sensibles de habitar el mundo.
Una práctica situada, no subordinada
Nuestra arquitectura no busca replicar modelos extranjeros ni subirse a la ola de las últimas tendencias. Diseñamos desde el territorio, desde el clima, desde la memoria material y social de nuestra gente. Desde nuestras montañas, costas y islas. Desde nuestras ausencias y resistencias.
Y es precisamente esa condición, la de “estar en la brecha”, lo que nos da fuerza. Porque ahí, en medio de la inestabilidad económica, el desplazamiento poblacional, la burocracia, el cambio climático y la violencia estructural, todavía se dibujan planos, se hacen maquetas, se levantan muros y se cuidan sombras.
Desde esa práctica situada hemos convocado este año a voces de México, Argentina y Puerto Rico para dialogar no sobre estilos, sino sobre posturas. Sobre cómo el diseño puede ser un acto de escucha, un gesto de reparación, una respuesta concreta a las urgencias de nuestro tiempo.
Arquitectura que habla español
El lenguaje también importa. Hablar de arquitectura en español no es solo una elección lingüística: es una afirmación cultural y política. Nos permite nombrar con precisión nuestras condiciones: colonialismo, desigualdad, informalidad, exilio, identidad. Y también nuestras formas de resistir: autogestión, colaboración, memoria, tejido social.
Por eso, como presidente del AIAPR, defendí una agenda que ponga en valor esa arquitectura que se escribe y se vive en nuestro idioma. Que no traduce sus valores para gustar a los demás, sino que proyecta con orgullo lo que es. Que entiende que lo global no debe borrar lo local, sino abrirle camino.
Un Caribe que produce pensamiento
Puerto Rico no es solo un territorio de consumo arquitectónico. También es un lugar de producción crítica, de pensamiento proyectual, de innovación con recursos mínimos. Desde la losa criolla hasta el bloque ornamental. Desde el diseño modular hasta el mobiliario hecho a mano. Desde las casas reparadas después de cada huracán hasta los espacios colectivos que surgen en medio de la escasez.
Este año hemos articulado foros, conferencias, publicaciones y exposiciones que reflejan la capacidad creativa, técnica y ética que emerge de nuestra región. Lo hemos hecho con colegas latinoamericanos, pero también con nuestras escuelas, nuestros estudiantes, nuestras comunidades.
Lo que sigue: una arquitectura con conciencia de sí
Cerrar el año no es solo celebrar lo logrado. También abre preguntas. ¿Qué tipo de arquitecto necesita este país? ¿A quién le estamos hablando cuando diseñamos? ¿Cómo logramos que la arquitectura sea accesible, relevante, útil?
Desde ALMATERIA y desde el AIA, seguiremos trabajando por una arquitectura que no evada estas preguntas, sino que las convierta en el motor del diseño. Una arquitectura que, sin importar la escala ni el presupuesto, sea capaz de responder a su entorno, convocar memorias y proyectar con honestidad.
Porque diseñar desde Puerto Rico no es una limitación. Es una afirmación. Es tener algo que decir y saber cómo decirlo. En ALMATERIA creemos que lo próximo se diseña desde lo propio. Y que el futuro de la arquitectura en Puerto Rico se construye con raíz, con conciencia y con voz propia.

